lunes, 8 de febrero de 2016

Historia de vida


Soy Aries porque nací con prisa. Con ocho meses y sin fuerza suficiente para respirar, pasé varios días en la incubadora. Tampoco haré un flashback de mi vida, pero expondré algunas pinceladas.

Me pusieron nombre de culebrón (Carlos Alberto). No me identifico con el segundo, pero siempre firmo con la inicial. Será porque mis apellidos son muy comunes y así marco la diferencia. Lloré el primer día de clase. Normal. Tal vez, intuía que me esperaban 14 años en ese colegio (secta, según mi definición) católico, de monjas, curas y viceversa. Ahora, y a pesar de estar confirmado, tengo pendiente apostatar. Pero, ya se sabe, en casa del herrero cuchillo de palo. Mucho tramitar para otros y los documentos llevan pululando tiempo indeterminado. Me cuesta confiar en el sistema educativo. Desde infantil hasta la universidad, la fábrica del paro. Una institución de espaldas a la realidad (y más en titulaciones como la de Trabajo Social). Pero vuelvo a la infancia; para llegar a clase, tenía que coger dos autobuses. Y pasaba mucho tiempo en casa de mis abuelos maternos. Con 12 años, nos mudamos. Y allí viví hasta que me vine a Barcelona. 

Nunca me gustó el fútbol. Ahora es más habitual, pero en aquella época la coeducación estaba en pañales. Mi juguete favorito era Macario. El muñeco que iba conmigo a todas partes y que, a día de hoy, conservo. Fui la primera promoción que cursó la ESO. Un desastre absoluto. No recuerdo ninguna asignatura que me gustara especialmente, pero sí que, en clases de Historia, me provocaba curiosidad las condiciones de vida del proletariado. También recuerdo no entender porque dos chicos no podían casarse (lejos quedaba la aprobación de la ley en 2005). Porque, el gay ¿nace o se hace? Yo lo tengo claro. No tuve una "edad del pavo" especialmente acusada. De hecho, afirmo que siempre he llegado a las etapas habituales de la vida más tarde que el resto. Como tener pareja. 

Al ámbito social llegué por casualidad. Colaboraba en la redacción de una revista que editaba una Casa de Juventud. Y, utilizando nuestra jerga, hice muy buen vínculo con el animador sociocultural que trabajaba allí. Gracias a él, llegaron a mis manos los trípticos de Formación Profesional. A punto de cumplir los 18 años, sufrí la primera pérdida importante. La hora de elegir se acercaba y no me veía capaz de realizar una carrera universitaria. Pero no tuve plaza en ningún ciclo formativo superior de Servicios a la Comunidad. Aprobé la selectividad. Pero, durante un año, me saqué el título de tiempo libre, hice voluntariado social (del que, en este momento, soy bastante crítico) y di clases particulares. Firmé mi primer contrato como atraccionista en una noria y en 2003 comencé Trabajo Social. Una profesión complicada de entender para mi entorno. También el hecho de no continuar con el negocio familiar. Pienso que, al igual que otras muchas, es una carrera para cursar de mayor y no con 19 años. Pero la sociedad quiere productos que produzcan. Al mes, estuve a punto de dejarla. Cursé muchos créditos de cafetería. Pero valoro el ambiente entre compañeros y, por supuesto, las prácticas. Pude escoger donde hacerlas; en el Centro Municipal de Servicios Sociales de San Pablo, un barrio intercultural de Zaragoza, muy cerquita de la plaza del Pilar. 270 horas intensas, en las que el primer caso en el que estuve como observador fue el de un matrimonio gitano portugués, cuyos dos niños recién nacidos habían fallecido. Me sirvieron para conocer la puerta de entrada al circuito básico de atención y para pisar un barrio, en esa época con mala prensa en la ciudad, al que ahora tengo un enorme cariño. 

Acabé en 2006, cuando tocaba, como los buenos chicos. Pero me costó hacer mis primeros pinitos. De hecho, mi trampolín fue la educación en tiempo libre. Por cierto, no lo he escrito y no queda bonito. Pero no tengo especial vínculo con Zaragoza. Allí está mi familia y mis amigos de toda la vida. Voy una vez al mes y siempre supone una recarga de pilas. Pero, por otro lado, me siento pequeñito. No sé, es difícil de explicar. Sin embargo, de pequeño siempre decía que me iría a vivir a Logroño. Allí comencé a caminar.

En 2008, empecé Periodismo. Y puede que sea mi verdadera vocación. El Plan Bolonia, la boloñesa de incompatibilidad entre trabajar y estudiar hizo que, a día de hoy, sea un tema en stand by. Pero ese año, 2008, supuso un sinfín de experiencias. Por ejemplo, subir en avión. Y ahora, ya que estamos en el aire, viajo hacia el presente; llevo cinco años en Barcelona. ¡Y eso que viene para cuatro meses! Aquí he podido desarrollar mi carrera profesional; esa de la que ahora estoy intentando gestionar un cambio. Desde que llegué, he vivido en el centro. Y aunque no es una ciudad amable, si sigo aquí será por algo. 

Y para dar el último brochazo personal; cumplí los 30. Y ocurrió algo que no me termino de creer. También sopló aire fresco. Porque todo llega, normalmente, cuando menos te lo esperas, siempre hay una primera vez y todos debiéramos aprender a vivir "aquí y ahora". O, al menos, intentarlo. 

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